lunes, 4 de enero de 2010

Montes de León 2/Nov/2009

Si Granada en primavera es espectacular los montes de León en otoño no tienen nada que envidiarle. Si el casco antiguo de Cáceres se me antoja la ciudad cubista por sus perspectivas imposibles, los montes de León en otoño es como mirar el mundo con los ojos impresionistas de Van Gogh.  El pasado día 2 de Noviembre pusimos rumbo a León con la intención de realizar unas rutas por la Maragatería, los Ancares y la zona del rio Tremor, además de visitar a algún proveedor de la empresa de Baas. Para empezar salimos bastante tarde de Madrid, debíamos dejar bastantes cosas preparadas, en esta ocasión Blues no nos acompañaba.  Por ese motivo llegamos un poco pegados de hora para  comer con Pedro en el mesón Quiñones en Celada a pocos kilómetros de Astorga (os recomiendo los sesos). También   podéis adquirir embutidos de la fábrica colindante del mismo nombre. Pedro, además de producir de manera tradicional uno de los quesos más singulares del universo gastrohispanico (Todo aquello que se come, solo se produce en España y encima esta rico), es un anfitrión excepcional. Nos recomendó varios recorridos turísticos, nos conto las anécdotas geográficas e históricas de interés que los acompañan.  Enseguida nos dimos cuenta que sin haber comenzado el recorrido deberíamos volver a tierras Leonesas. Siguiendo uno de los muchos consejos de nuestro anfitrión esa misma tarde visitamos Castrillo de los Polvazares. Es un pintoresco pueblo de arquitectura  espléndidamente conservada. Un conjunto magnifico sin monstruosas construcciones, el paseo sería idílico de no ser por el adoquinado irregular al uso de épocas pasadas. La conservación llega al punto de estar prohibida la circulación de vehículos ajenos a la localidad, aunque esto no es excusa para dejar de visitarlo gracias al amplio aparcamiento a la entrada de la población. Como la noche se nos echaba encima fuimos a tomar posesión de nuestros aposentos en el Motel Pradorrey. No es que fuera un lujo de establecimiento pero nosotros lo encontramos acogedor y agradable. No es caro, la calefacción es excelente (resalto esto porque hacía un frío de “pelotas”) y para nosotros el poder aparcar “el Tatirrin” a cubierto con la pedazo de baca encima y en la puerta es más de lo que puedes encontrar en hoteles de más caché. Volvimos a salir esa misma noche con la intención de hacer algunas fotos en Astorga, que si dábamos por buenas nos ahorraríamos volver a la  mañana siguiente, ya que nuestro deseo era visitar la quesería de Pedro antes de poner el morro del Tati mirando al polvo del camino. Para los visitantes que disponen de poco tiempo como nosotros, la sensación que te llevas de Astorga es que solo hay Mantecadas, Chocolate y un magnífico conjunto histórico que forman el Palacio Episcopal, la Catedral y la Muralla. Falso, sin embargo nosotros que siempre vamos de carreras nos limitamos a poco más. Tuvimos la mala suerte de que la iluminación nocturna de la catedral y el palacio esa noche eran insuficientes, por no decir inexistentes. Así que después de visitar la plaza mayor, tomar un agradecido chocolate con churros y hacer algunas fotos nocturnas, que no nos dejaron satisfechos, volvimos al hotel con la idea de volver temprano a la mañana siguiente. Fue un acierto para poder admirar el palacio episcopal obra de Gaudí. Resulta curioso cómo, sin desmerecerla,  la obra más representativa y conocida de un artista no siempre es la mejor. El palacio de Astorga es sencillamente impresionante, utilizo la palabra sencillamente con toda la intención. Asimétrico pero tan equilibrado que apenas se percibe, conjuntos de formas que delatan a su autor tratadas con la suficiente sencillez que lo alejan de la sensación que te da una pila de churros. Tras las obligadas fotografías nos dirigimos a la población de Santiagomillas, donde se ubica La Moldera Real, es la quesería de nuestro amigo Pedro. Para que no dejéis de pasar os anoto las coordenadas para el GPS (29 T 738587 4696013), os recomiendo el pata de mulo La Trashumancia, sé que existen copias de esta marca pero solo el que presenta grabada la marca es original, y de esto Baas sabe mucho. Lo que no os aseguro es que en el momento que vayáis tengan existencias a la venta ya, que es un queso muy singular y la producción se ve limitada por el método tradicional de elaboración. De todos modos no dejéis de intentarlo.  Tras despedirnos de Pedro y quedar en deuda con el por sus magnificas atenciones comenzamos la ruta atravesando La Valduerna ora por pistas ora por carretera comarcal. En esta zona debíamos mostrar alguna precaución, pues son terrenos OTAN para maniobras militares, no fuéramos confundidos con algún blanco de entrenamiento. De esta manera llegamos al Parque Eólico de Lucillos que fuimos recorriendo de molino en molino a lo largo de una esplendida pista tendida en lo más alto de la  cordada entre el valle del Duerna por el sur y La Maragatería por el norte. De esta última disfrutamos de una magnífica vista desde el monte Becerril. Jamás había estado tan cerca de un molino, tanto que resultaba estremecedor el sonido de las aspas sobre nuestras cabezas. Descendimos de la cordada recorriendo un agreste camino para visitar  Pobladura de la sierra, pintoresca localidad incrustada el fondo del  valle del Duerna rodeado por el parque eólico al que volvimos por otro camino no menos escarpado. Aquí empezaron nuestros problemas, el objetivo inicial era alcanzar la estación invernal del Morredero en pleno corazón de los Montes de León. La complicación radicaba en que para ello debíamos atravesar el arroyo de la Chaqueta y un posteriormente la sierra del Teleno. Todo esto sin saber a ciencia cierta si existe pista para hacer ese recorrido y encontrándonos innumerables caminos que tan solo conducían a explanadas preparadas para ubicar nuevos molinos. El Tati respondió perfectamente a los duros desniveles de pedregal, este coche no deja de asombrarme, como adoleciendo de calidad de materiales y montaje es capaz de acometer con éxito las dificultades de la conducción off-road. Después de errar el camino y retroceder sobre nuestras propias rodadas  en innumerables ocasiones, por fin allá por las 15:00h logramos cruzar el arroyo de la Chaqueta por un estrecho puente.  Nos las prometíamos muy felices ante la expectativa de que tan solo nos restaba cruzar la sierra del Teleno para alcanzar el Morredero, cuando caímos  en la trampa que nos tendía un intrincado laberinto de caminos que una y otra vez nos devolvían hacia el arroyo. No es que el arroyo fuera por si mismo una dificultad, si no que discurría encajado entre las escarpadas paredes de un estrecho cañón. Además para cruzar el arroyo nos habíamos desplazado bastante al sur y cuanto más al Norte queríamos recuperar el rumbo más al fondo del valle sin salida nos empujaban los caminos. En uno de los tramos que nos dirigían al norte, tras cruzar un pequeño arroyo secundario que en verano seguramente sea un cauce seco, tomamos una bifurcación pendiente arriba. ¡Sorpresa! A pocos metros nos topamos con una pared vertical de la que manaba el agua que surtía el último cauce húmedo que habíamos sorteado. Nada dramático de no ser que el poco espacio disponible para girar 180º era el propio camino cubierto de hierba empapada, empapada hasta tal punto que las ruedas del Tati se hundían como si de la playa del Fangar en el Delta del Ebro se tratara. En esta ocasión estuvimos agiles de reflejos mentales y de manos. Sin dejar el coche quieto en ningún momento, sin darle tiempo a hundirse, aprovechando las inercias en cada cambio de 1º a marcha atrás y viceversa, giramos “el Tatirrin” en un palmo y salimos sin dificultad del atolladero.  Volvimos a la bifurcación y en contra de lo lógico tomamos el camino contrario, hacia abajo, no estábamos por la labor de volver una vez más sobre nuestras rodadas. Tras un prolongado y acusado descenso el terreno que se volvió cada vez más húmedo por los numerosos manantiales que cruzaban el camino buscando el arroyo a nuestra derecha, en esto que un nuevo prado enfangado se no desafiaba al frente. Temiendo    que tras el prado el camino muriese en el fondo del arroyo de la Chaqueta o en alguna vía muerta sin salida, optamos por volver atrás y subir la pendiente que acabábamos de descender. Con no poca dificultad giramos el Tati 180º de nuevo y tras 100m de escalar el Tati un brutal desnivel, las inapropiadas cubiertas mixtas comenzaron a patinar en un recodo de pedregal y hierba húmeda. En seco, en la vertiente contraria expuesta al sol, las cubiertas mixtas habían respondido perfectamente en desniveles similares o peores, en mojado se mostraban totalmente inútiles. Dejamos caer el Tati varias veces para volver a intentarlo, con diferentes relaciones, con diferentes trazados, con planchas de Tramex cruzadas, en perpendicular, acelerando, sin acelerar. Nada, no solo fue imposible, además cada vez que retrocedíamos, como el camino escoraba ligeramente hacia un pequeño cauce, si lo dejabas caer, al sujetarlo con el freno, derrapábamos en lateral con riesgo de irnos al arroyo. Por suerte había una pila de piedras y tierra que separaban el arroyo del camino pero eso nos costó un tapacubos reventado y el aletín de la izquierda arrancado. Si descendíamos con la marcha atrás sin reductora el coche se embalaba y al frenar vuelta a derrapar, esta vez fue el matachispas el que pago el pato. La misma operación con reductora implicaba que ya de por si el coche bandeaba sin tocar el freno, así que contra volante y punta de gas. Esto último ocasionó la pérdida del aletín derecho al pisar un pequeño tramo seco. Ni que decir tiene que en alguno de los intentos dándole alegría al acelerador, con la esperanza de que la inercia nos ayudase a superar el punto fatídico, el coche rebotó varias veces golpeando con alguna roca en los bajos. Resignados calzamos “el Tatirrin”, lo cerramos convenientemente y emprendimos a pie el descenso con dos objetivos. Uno, llegar a una población que habíamos divisado desde las alturas en la vertiente contraria antes del anochecer para alojarnos y volver a la mañana siguiente con ayuda. Dos, comprobar sin empeorar la situación si el Tati tenía alguna posibilidad de llegar a algún sitio camino abajo. Durante una media hora solo encontramos setas y prados húmedos que cuesta abajo el peso del vehículo ayudaría a superar, pero si no existía una vía alternativa al final del camino esos mismos prados era un  punto de no retorno. Por fortuna el camino moría en una pista transversal más ancha, mucho más firme y estable. Aunque no sabíamos donde iríamos a para por ahí, la opción de arriesgar el Tati por los prados cuesta abajo hasta llegar a la pista nos pareció más atractiva que seguir caminando a punto de caer la noche. Así nos dimos cuenta que aquella zona era un laberinto tremendo, ya que volvíamos a atravesar  pistas por  las que habíamos rodado durante esa misma tarde. Ni que decir tiene que desistimos de alcanzar el Morredero y buscamos el asfalto más cercano posible para poner rumbo a Ponferrada, cosa que hicimos justo al caer la noche en Filiel. Ya en carretera “al Tatirrin” le sonaban todas las tripas. Aún tuvimos suerte cuando al abandonar Lucillo en noche cerrada conseguimos sortear 3 jabalíes que cruzaban la calzada alegremente. ¡Lo que me faltaba! Pensé.
 Al llegar a Ponferrada optamos por el hotel Ponferrada Plaza de 3 estrellas. Podéis imaginaros el cuadro, el Tati en la puerta  del hotel lleno de barro, sin aletines, con los tapacubos reventados, nosotros atravesando el hall camino de la recepción en ropa de campaña, de barro hasta las orejas y con cara de venir de la guerra con las mochilas colgando. No sé si para disuadirnos de alojarnos en el hotel o porque tuvimos esa suerte, solo les quedaban suites disponibles. Cualquier cosa que tenga ducha, cama y una TV para ver el R Madrid-Milán. Pues no solo eso, tenía bañera con hidromasaje, ni que decir tiene que Baas me tuvo que arrancar con palanca de la bañera después del vía crucis de día que habíamos tenido. Las camas estaban motorizadas y disponíamos de dos TV a falta de una. Además nos hicieron una significativa rebaja. Solo que el Tati entró con calzador en el garaje del hotel debido a la baca.
A la mañana siguiente, después de un magnifico desayuno, lo primero fue enderezar las planchas de desatasco pasándoles el Tati por encima sobre el firme del parking de un centro comercial. Repostaje y revisión de niveles antes de buscar un servicio oficial Tata en Ponferrada. Como ya comente en el post “talleres de confianza”, en COBERAUTO (QUIRMABI)  se portaron magníficamente con nosotros, nos ayudaron para poder seguir la ruta en menos de una hora, si bien es cierto que la intervención no era de gravedad la atención fue extraordinaria. Tras este pequeño retraso nos dirigimos a las Médulas por carretera. Cierto es que la circulación a vehículos ajenos a la localidad está prohibida por casco urbano de la población, pero el día era frio, muy lluvioso y además no festivo lo que se traducía en que éramos unos de los escasísimos visitantes que se podían contar con los dedos de una mano. Esta circunstancia nos permitió acceder al parque atravesando la población con el Tati sin que nos pusieran impedimentos. Alguna rampa importante se complicaba por la humedad que aportaba la lluvia pero nada comparado con el día anterior, por lo demás estupendas pistas y espectaculares vistas de la zona sobretodo de las formaciones orográficas que son seña de identidad del paraje. Tras esta breve visita tomamos asfalto rumbo norte con el objeto de visitar la reserva nacional de caza de Los Ancares. León no deja de sorprendernos en esta ocasión, numerosos kilómetros de pista acondicionada nos acercaron al cielo donde se abrían claros de intenso azul entre las nubes plomizas, si a esto añadimos que a nuestros pies se encontraba todo el abanico de verdes imaginables, desde prados brillantes hasta los recios robledales, también amarillos y cobrizos con que el otoño pincela las masas boscosas de numerosas especies arbóreas diferentes que cubren el fondo de los valles y el intenso rojo de los frutos de otoño. Por si fuera poco el sol que irrumpía a través de los claros nos regalaba un arco iris que se sumaba al festival de colorido que estábamos presenciando. Entre tanto llegamos a un tramo de pista que operarios de TRAGSA estaban reparando. Como no podríamos acceder durante al menos una hora uno de los operarios nos recomendó otro itinerario a pesar de que la circulación estaba prohibida, en el que no nos hubiéramos atrevido a penetrar de no ser por sus indicaciones, incluso nos acompaño hasta la pista buena. Por ello pensé que las mejores épocas para realizar rutas son las más alejadas de las temporadas turísticas a pesar la meteorología adversa. Estoy seguro que de haber sido verano, con riesgo importante de incendios, y con una cantidad inusual de personal pululando por la zona no nos hubieran permitido el acceso. Ya anocheciendo abandonamos el Parque de los Ancares para buscar alojamiento en Tremor de arriba e iniciar la última etapa temprano antes de volver a Madrid. Lamentablemente el alojamiento más cercano se encontraba aproximadamente a 30 o 35 kilómetros de la zona de tremor. Ante esta vicisitud optamos por volver al Motel Pradorey en Astorga y disfrutar de una cena como hacía tiempo no habíamos celebrado, digamos que una cena íntima. ¡Y tan íntima! ¡Solo estábamos nosotros en el comedor! No es que no hubiera nadie más, es que los viajes organizados tenían un comedor aparte.
La mañana siguiente la dedicaríamos a visitar León capital y poco más, habíamos quedado a comer con un importante productor de queso en Villalpando. Claro que conociendo nuestra afición por la fotografía la mañana resultó escasa y como siempre llegamos con la hora pegada a la comida. La conclusión es que deberemos volver a tierras leonesas, seguro que merece la pena.

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